Y a sacar el dedo al aire, a hacer ray, como le dicen acá.
Costó pero una camioneta blanca nos llevó hasta un cruze, donde seguía el camino a Palenque.
Cayó la noche y nadie paró, el frio se hacia intenso y paramos un colectivo, los colectivos acá son camionetas con techo, de estructura de metal y techo de lona o combis cerradas. 15 $ y Oxchuc.
Un pueblo fantasma, sumido a la niebla más espesa que ví en mi vida, mojaba y ardía en la garganta. La onda era no dormir ahí, por el frio... harta del frio de San Cristobal... así que colectivo, otros 15 $ y hasta la entrada de Ocosingó, donde hay una estación de servicio, una gasolinera, que amable nos dió suelo para armar la carpa, tienda de campaña, casa de campaña.
La niebla, la oscuridad, la humedad pegada a la naturaleza iluminada por el rojo de las luces de la camioneta, los postes de señalización que parecian vivos al pasar rápidos por la mirada, el cielo tapado, filtrado de frio, las luces más allá del camino ondulante que se formaban lejos por el auto que se acercaba, dandole luz a las gotas de melba, al surco del camino, esa grieta en el tiempo, ese recuerdo que se arma para el después, como herramienta de abstracción sonora. Siempre sonora, las ruedas pisando una carretera que ahora conozo sin haberla imaginado.
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